La capacidad del ser humano para afrontar experiencias traumáticas e incluso extraer un beneficio de las mismas ha sido generalmente
ignorada por la Psicología tradicional, que ha dedicado todo su esfuerzo al estudio de los efectos devastadores
del trauma. Aunque vivir un acontecimiento traumático es sin duda uno de los trances más duros a los se enfrentan algunas
personas, supone una oportunidad para tomar conciencia y reestructurar la forma de entender el mundo, que se traduce en
un momento idóneo para construir nuevos sistemas de valores, como han demostrado gran cantidad de estudios científicos en
los últimos años. Algunas personas suelen resistir con insospechada fortaleza los embates de la vida, e incluso ante sucesos
extremos hay un elevado porcentaje de personas que muestra una gran resistencia y que sale psicológicamente indemne o
con daños mínimos del trance.



El interés por comprender y explicar cómo el ser
humano hace frente a las experiencias traumáticas
siempre ha existido, pero ha sido tras los últimos
atentados que han conmocionado al mundo cuando
este interés ha resurgido con fuerza.
Más allá de los modelos patogénicos de salud, existen
otras formas de entender y conceptualizar el trauma.
Durante los primeros momentos de una catástrofe la mayoría de los expertos y la población centran el foco de la
atención en las debilidades del ser humano. 

Es natural
concebir a la persona que sufre una experiencia traumática como una víctima que potencialmente desarrollará
una patología. Sin embargo, desde modelos más optimistas,
se entiende que la persona es activa y fuerte, con
una capacidad natural de resistir y rehacerse a pesar de
las adversidades. 

Esta concepción se enmarca dentro de
la Psicología Positiva que busca comprender los procesos
y mecanismos que subyacen a las fortalezas y virtudes
del ser humano.
La aproximación convencional a la psicología del trauma
se ha focalizado exclusivamente en los efectos negativos
del suceso en la persona que lo experimenta,
concretamente, en el desarrollo del trastorno de estrés
postraumático (TEPT) o sintomatología asociada.

Las reacciones
patológicas son consideradas como la forma normal de responder ante sucesos traumáticos; más aún,
se ha estigmatizado a aquellas personas que no mostraban
estas reacciones, asumiendo que dichos individuos
sufrían de raras y disfuncionales patologías (Bonanno,
2004).

Sin embargo, la realidad demuestra que, si bien
algunas personas que experimentan situaciones traumáticas llegan a desarrollar trastornos, en la mayoría de los
casos esto no es así, y algunas incluso son capaces de
aprender y beneficiarse de tales experiencias.
Al focalizar la atención de forma exclusiva en los potenciales
efectos patológicos de la vivencia traumática, se ha
contribuido a desarrollar una “cultura de la victimología”
que ha sesgado ampliamente la investigación y la teoría
psicológica (Gillham y Seligman, 1999; Seligman y Csikszentmihalyi,
2000) y que ha llevado a asumir una visión
pesimista de la naturaleza humana. 

Dos peligrosas asunciones
subyacen en esta cultura de la victimología: 

1) que el trauma siempre conlleva grave daño y 
2) que el daño siempre refleja la presencia de trauma
(Gillham y Seligman, 1999). 



En el campo de la salud mental, es habitual la presencia
de ideas esquemáticas sobre la respuesta del ser humano
ante la adversidad (Avia y Vázquez, 1999), ideas
preconcebidas acerca de cómo reaccionan las personas
ante determinadas situaciones, basadas generalmente en
prejuicios y estereotipos y no en hechos y datos comprobados.
Ejemplo de ello es la creencia ampliamente arraigada
en la cultura occidental de que la depresión y la
desesperación intensa son inevitables ante la muerte de
seres queridos, o que la ausencia de sufrimiento ante
una pérdida indica negación, evitación y patología.
Estas ideas han llevado a asumir que existe una respuesta
unidimensional y de escasa variabilidad en las
personas que sufren pérdidas o experimentan sucesos
traumáticos (Bonanno, 2004) y a ignorar las diferencias
individuales en la respuesta a situaciones estresantes
(Everstine y Everstine, 1993; Peñacoba y Moreno,
1998).
Un estudio pionero de Wortman y Silver (1989) recopila
datos empíricos que demuestran que tales suposiciones
no son correctas: la mayoría de la gente que sufre
una pérdida irreparable no se deprime, las reacciones
intensas de duelo y sufrimiento no son inevitables y su
ausencia no significa necesariamente que exista o vaya
a existir un trastorno. Y es que las personas suelen resistir
con insospechada fortaleza los embates de la vida, e
incluso ante sucesos extremos hay un elevado porcentaje
de personas que muestra una gran resistencia y que salepsicológicamente indemne o con daños mínimos del
trance (Avia y Vázquez, 1998; Bonanno, 2004).
La Psicología Positiva recuerda que el ser humano tiene
una gran capacidad para adaptarse y encontrar sentido
a las experiencias traumáticas más terribles, capacidad
que ha sido ignorada por la Psicología durante muchos
años (Park, 1998; Gillham y Seligman, 1999; Davidson,
2002). Numerosos autores proponen reconceptualizar la
experiencia traumática desde un modelo más saludable
que, basado en métodos positivos de prevención, tenga
en consideración la habilidad natural de los individuos
de afrontar, resistir e incluso aprender y crecer en las situaciones
más adversas.



RESILIENCIA 
La resiliencia se ha definido como la capacidad de una
persona o grupo para seguir proyectándose en el futuro
a pesar de acontecimientos desestabilizadores, de condiciones
de vida difíciles y de traumas a veces graves
(Manciaux, Vanistendael, Lecomte y Cyrulnik, 2001).
Este concepto ha sido tratado con matices diferentes
por autores franceses y estadounidenses. Así, el concepto
que manejan los autores franceses relaciona la resiliencia
con el concepto de crecimiento postraumático, al
entender la resiliencia simultáneamente como la capacidad
de salir indemne de una experiencia adversa,
aprender de ella y mejorar. Mientras que el concepto de
resiliencia manejado por los norteamericanos, más restringido,
hace referencia al proceso de afrontamiento
que ayuda a la persona a mantenerse intacta
, diferenciándolo
del concepto de crecimiento postraumático.
Desde la corriente norteamericana se sugiere que el término
resiliencia sea reservado para denotar el retorno
homeostático del sujeto a su condición anterior,
mientras
que se utilicen términos como florecimiento (thriving) o
crecimiento postraumático para hacer referencia a la
obtención de beneficios o al cambio a mejor tras la experiencia
traumática (Carver, 1998, O’Leary, 1998).
La confusión terminológica en el empleo de estos vocablos
es reflejo de la reciente aparición de la corriente
que estudia los potenciales efectos positivos de la experiencia
traumática (Park, 1998), razón por la que en la actualidad aún se carece de un léxico estandarizado con
el que trabajar y unificar intereses.
Es importante diferenciar el concepto de resiliencia del
concepto de recuperación (Bonanno, 2004), ya que representan
trayectorias temporales distintas. En este sentido,
la recuperación implica un retorno gradual hacia la
normalidad funcional, mientras que la resiliencia refleja
la habilidad de mantener un equilibrio estable durante
todo el proceso.
El origen de los trabajos sobre resiliencia se remonta a la
observación de comportamientos individuales de superación
que parecían casos aislados y anecdóticos (Vanistendael,
2001) y al estudio evolutivo de niños que habían
vivido en condiciones difíciles. Uno de los primeros trabajos
científicos que potenciaron el establecimiento de la resiliencia
como tema de investigación fue un estudio
longitudinal realizado a lo largo de 30 años con una cohorte
de 698 niños nacidos en Hawai en condiciones muy
desfavorables. Treinta años después, el 80% de estos niños había evolucionado positivamente, convirtiéndose en
adultos competentes y bien integrados (Werner y Smith,
1982; 1992). Este estudio, realizado en un marco ajeno a
la resiliencia, ha tenido un papel importante en el surgimiento
de la misma (Manciaux et al., 2001). 



Así, frente a
la creencia tradicional fuertemente establecida de que una
infancia infeliz determina necesariamente el desarrollo
posterior del niño hacia formas patológicas del comportamiento
y la personalidad, los estudios con niños resilientes
han demostrado que son suposiciones sin fundamento
científico y que un niño herido no está necesariamente
condenado a ser un adulto fracasado.
La resiliencia, entendida como la capacidad para mantener
un funcionamiento adaptativo de las funciones físicas
y psicológicas en situaciones críticas, nunca es una
característica absoluta ni se adquiere de una vez para
siempre. Es la resultante de un proceso dinámico y evolutivo
que varía según las circunstancias, la naturaleza
del trauma, el contexto y la etapa de la vida y que puede
expresarse de muy diferentes maneras en diferentes
culturas (Manciaux et al., 2001). Como el concepto de
personalidad resistente, la resiliencia es fruto de la interacción
entre el individuo y su entorno. Hablar de resiliencia
en términos individuales constituye un error
fundamental, no se es más o menos resiliente, como si se
poseyera un catálogo de cualidades. La resiliencia es un
proceso, un devenir, de forma que no es tanto la persona
la que es resiliente como su evolución y el proceso de
vertebración de su propia historia vital (Cyrulnik, 2001).



La resiliencia nunca es absoluta, total, lograda para
siempre, es una capacidad que resulta de un proceso dinámico
(Manciaux et al., 2001).
Una de las cuestiones que más interés despierta en torno
a la resiliencia es la determinación de los factores que la
promueven, aunque este aspecto ha sido escasamente investigado
(Bonanno, 2004). Se han propuesto algunas características
de personalidad y del entorno que
favorecerían las respuestas resilientes, como la seguridad
en uno mismo y en la propia capacidad de afrontamiento,
el apoyo social, tener un propósito significativo en la vida,
creer que uno puede influir en lo que sucede a su alrededor
y creer que se puede aprender de las experiencias positivas
y tambien de las negativas
, etc.. También se ha
propuesto que el sesgo positivo en la percepción de uno
mismo (self-enhancement) puede ser adaptativo y promover
un mejor ajuste ante la adversidad (Werner y Smith,
1992; Masten, Hubbard, Gest, Tellegen, Garmezy y Ramírez,
1999; Bonanno, 2004). Un estudio realizado con
población civil bosnia que vivió la Guerra de los Balcanes
mostró que aquellas personas que tenían esta tendencia
hacia el sesgo positivo presentaban un mejor ajuste que
aquellas que no contaban con dicha característica (Bonanno,
Field, Kovacevic y Kaltman, 2002).
En estudios con niños, uno de los factores que más evidencia
empírica acumula en su relación con la resiliencia
es la presencia de padres o cuidadores competentes
(Richters y Martínez, 1993; Masten et al., 1999; Masten,
2001; Manciaux et al., 2001).
En el estudio llevado a cabo por Fredrickson (Fredrickson
y Tugade, 2003) tras los atentados de Nueva York el
11 de septiembre de 2001, se encontró que la relación
entre resiliencia y ajuste estaba mediada por la experiencia
de emociones positivas. Éstas parecen proteger a
las personas frente a la depresión e impulsar su ajuste
funcional. En esta misma línea, la investigación ha demostrado
que las personas resilientes conciben y afrontan
la vida de un modo más optimista, entusiasta y
enérgico, son personas curiosas y abiertas a nuevas experiencias,
caracterizadas por altos niveles de emocionalidad
positiva
(Block y Kremen, 1996).
En este punto puede argumentarse que la experiencia
de emociones positivas no es más que el reflejo de un
modo resiliente de afrontar las situaciones adversas, pero
también existe evidencia de que esas personas utilizan
las emociones positivas como estrategia de
afrontamiento, por lo que se puede hablar de una causalidad
recíproca. Así, se ha encontrado que las personas resilientes hacen frente a experiencias traumáticas
utilizando el humor, la exploración creativa y el pensamiento
optimista
(Fredrickson y Tugade, 2003).





Vivir una experiencia traumática es sin duda una situación
que modifica la vida de una persona y, sin quitar
gravedad y horror de estas vivencias, no se puede olvidar
que en situaciones extremas el ser humano tiene la
oportunidad de volver a construir su forma de entender
el mundo y su sistema de valores. Por esta razón, se deben
construir modelos conceptuales capaces de incorporar
la dialéctica de la experiencia postraumática y
aceptar que lo aparentemente opuesto puede coexistir
de forma simultánea. 

La Psicología no es sólo psicopatología y psicoterapia,
es una ciencia que estudia la complejidad humana y debe
ocuparse de todos sus aspectos. Se debe ampliar y
reconducir el estudio de la respuesta humana ante el
trauma con el fin de desarrollar nuevas formas de intervención
basadas en modelos más positivos, centrados en
la salud y la prevención, que faciliten la recuperación y
el crecimiento personal. Se trata de adoptar un paradigma
desde un modelo de salud que ayude a conceptualizar,
investigar, diseñar e intervenir efectiva y
eficientemente en el trauma.
La labor del psicólogo vista desde la Psicología Positiva
debe servir para reorientar a las personas a encontrar la
manera de aprender de la experiencia traumática y progresar
a partir de ella, teniendo en cuenta la fuerza, la
virtud y la capacidad de crecimiento de las personas. 






Vera Poseck,B.,  Carbelo Baquero,B., y Vecina Jiménez,M.L.,(2006), La experiencia traumática desde la psicología positiva, resiliencia y crecimiento postraumático, papeles del psicólogo, vol 27(1),pp 40-49
El equipo de Psycospirity

2 comentarios en «Resiliencia y psicología positiva»

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