Las rabietas infantiles suelen ser uno de los motivos de mayor preocupación para muchas familias. Aparecen de repente, con mucha intensidad, a veces en casa, otras veces en mitad del Mercadona, en la calle o justamente cuando más prisa tenemos. Tu hijo comienza a llorar, gritar, se tira al suelo, rechaza ayuda, incluso puede pegar o lanzar objetos. Y, mientras tanto, nosotros como adultos sentimos que la situación se nos está escapando de las manos.
Para poder acompañar bien una rabieta en terapia, necesitamos empezar cambiando la mirada. Una rabieta no es simplemente «un niño portándose mal». Tampoco es una manipulación calculada ni una forma consciente de desafiar al adulto (como algunos piensan). En la mayoría de los casos, una rabieta es la expresión visible de un sistema emocional inmaduro que todavía no sabe regularse solo.
Los pequeños sienten con mucha, muchísima intensidad, pero no cuentan con los recursos cerebrales, emocionales ni lingüísticos necesarios para expresar lo que les pasa de forma calmada. Ellos no pueden decir «estoy cansado», o «me siento frustrado», «necesito atención» «me cuesta aceptar este límite…»Entonces el cuerpo habla por ellos: comienzan a gritar, lloran, se tensan, se bloquean…
Por eso, cuando hablamos de rabietas, no hablamos solo de conductas, Hablamos de desarrollo afectivo, regulación, límites y vínculo.
¿Por qué aparecen las rabietas?
Las rabietas son especialmente frecuentes en la primera infancia, sobre todo entre los dos y los cinco años, aunque pueden darse también en etapas posteriores cuando el niño se encuentra cansado, frustrado, sobreestimulado o emocionalmente saturado. En estas edades, el niño comienza a descubrir que tiene deseos propios, que puede elegir, que puede decir «no» y que no siempre quiere lo mismo que el adulto. Este avance en el desarrollo es súper positivo y forma parte de su progreso hacia la autonomía, pero también trae consigo muchos conflictos internos.
El niño quiere hacer cosas por sí mismo, pero todavía no puede. Quiere decidir, pero aún necesita límites. quiere conseguir lo que desea de forma inmediata, porque todavía no ha desarrollado bien la tolerancia a la espera. quiere expresar lo que siente, pero no tiene las palabras suficientes para hacerlo.
A todo esto, se suman los factores cotidianos que aumentan la probabilidad de que ocurra una rabieta: el hambre, los cambios de rutina el exceso de pantallas… Por eso, es tan importante mirar no solamente qué es lo que ha hecho el niño, sino preguntarnos también: qué puede estar necesitando?, ¿qué ha podido desbordarle?, ¿qué no está pudiendo sostener todavía?
La rabieta no se «corta»: se acompaña y se regula
Seguramente esta frase te choque un poco pero te explico. Uno de los errores más frecuentes es intentar razonar con el niño en pleno estallido emocional. En ese momento, su capacidad para escuchar, pensar, negociar o aprender se encuentra bastante reducida. Su sistema nervioso está tan activado que necesita primero recuperar cierta calma para poder integrar lo que ha ocurrido.
Durante una rabieta intensa, el objetivo principal no es que el niño entienda, es ayudarle a que recupere la sensación de seguridad. Esto ojo, no significa ceder a todo lo que pide ni eliminar el ponerle ningún límite, significa que el adulto pueda mantenerse disponible, firme y calmado.
Acompañar una rabieta muy intensa, no es permitir cualquier conducta. Es sostener emocionalmente al niño mientras mantenemos un límite claro. Podemos decir: «veo que estás muy enfadado porque querías seguir jugando, pero no vamos a seguir, aún aún así estoy aquí contigo». En esta frase hay dos elementos fundamentales: 1) validación emocional y 2) límite. El niño recibe el mensaje de que su emoción es aceptada pero no su conducta.
La cuestión está en transmitirle a tu hijo el «yo puedo sostener tu enfado sin retirarte mi cariño, amor y disponibilidad y a su vez ponerte límites sin hacerte ni hacernos daño».
Qué hacer durante una rabieta
Durante la rabieta, el adulto lo que necesita es convertirse en una especie de «regulador externo». ¿Qué significa esto? significa que el niño, no puede porque no sabe calmarse solo, por lo que necesita la calma del adulto como apoyo para poder recuperar paulatinamente la suya.
Lo primero será cuidar nuestra propia reacción. Porque si un adulto entra también en esta escalada, el niño se desorganiza más. No porque el adulto sea malo, sino porque el niño necesita encontrar en nosotros un punto estable. La calma adulto no significa hablar suave o estar perfectamente tranquilo internamente, significa bajar el ritmo, respirar, no añadir mas intensidad…
Después, conviene acercarse de forma segura, sin invadir en exceso si el niño en ese momento rechaza el contacto. algunos necesitan brazos, otros espacio. En plena rabieta, menos palabras aunque parezca mentira, suelen funcionar mejor porque los discursos largos les saturan.
Algo importante que debemos hacer es evitar o impedir que realicen conductas peligrosas sin utilizar la violencia. Por ejemplo, si el niño pega, lanza objetos o intenta hacerse daño, podemos sujetarle suavemente, retirar los objetos que tenga cerca y marcar el límite claramente: «no voy a dejar que pegues, puedes estar enfadado pero no puedes hacer daño». El mensaje tiene que ser firme, pero validante.
Las rabietas infantiles no son un fallo del niño ni un fracaso de los padres. Son momentos intensos, agotadores y muchas veces difíciles de sostener, pero también son oportunidades para enseñar regulación emocional, límites y seguridad vincular.
Cuando un niño expresa una rabieta, no está pidiendo que le demos todo, está pidiendo que le ayudemos a entender lo que le ocurre, a no dejarle solo, a enseñarle dónde está el límite sin retirarles nuestro cariño.
Acompañar una rabieta desde la calma, la firmeza y la ternura no significa criar sin límites, significa ofrecerle al niño esta experiencia repetida de seguridad dónde la lectura que le llega sea: tus emociones aquí son cabidas, pero no todo puede valer, estoy contigo y voy a ayudarte a aprender.


