«Vaya niño más manipulador», «déjale, lo está haciendo para fastidiar», «ufff, no tiene límites», «ya no se qué hacer con ella, es una niña muy difícil».
Si trabajas con infancia, convives con niños o acompañas a familias, seguramente has escuchado alguna vez frases parecidas, y siendo honestas, también es posible que en algún momento las hayas pensado (yo también).
Porque cuando una conducta se repite, hay gritos, rabietas, portazos, desafíos… los adultos también nos cansamos, nos frustramos, nos desregulamos.
Y desde ahí, desde la desregulación, sin darnos cuenta, podemos acabar mirando al niño/a solo desde lo que hace, y no desde lo que le pasa.
Y es que una conducta no define a nadie, y menos aún a un niño.
Desde el Modelo TER: Ternura Estructurante y Reparación, partimos de una idea fundamental: detrás de muchas conductas que nos incomodan, desgastan o preocupan, suele haber un malestar que todavía no ha encontrado una forma más sana de expresarse.
No se trata de justificarlo todo, ni de mirar la infancia de manera ingenua o de pensar que los limites no son necesarios ojo. Se trata de algo mucho más profundo, se trata de aprender a mirar la conducta como una señal.
El «niño o niña difícil» no existe como identidad. Lo que existe la mayoría de las veces es un niño que ha tenido que adaptarse como ha podido.
Que se ha tenido que proteger, regularse, hacerse ver o no romperse por dentro con los recursos que ha tenido en ese momento.
Detrás de un portazo puede haber miedo… Detrás de un insulto, indefensión.
Detrás de un silencio, una historia de dolor… y detrás de una conducta «desafiante», un sistema nervioso en alerta intentando sobrevivir.
Me gusta trabajar desde este modelo porque una de las ideas centrales es que muchos niños no necesitan que corrijamos su conducta, sino que le ayudemos a construir una forma nueva de sentirse seguros.
Cuando trabajo con infancia y con familias, intento mirar la conducta como esa puerta de entrada, no como el final de la explicación.
Esa conducta nos da una información, nos habla de necesidades, de heridas, de aprendizajes, de miedos, de vínculos, de formas de adaptación, de ESCUDOS.
Muchas veces los papás me preguntan: ¿Qué hago para que deje de comportarse así? y jope, esa pregunta es muy legítima, pero yo les devuelvo la pregunta, «Qué necesita tu hijo para no tener que comportarse así? y ahí, empieza el cambio de mirada.
Y es que cuando se deja de ver la conducta como una batalla contra nuestra autoridad, podemos empezar a verla como esa señal que necesita ser vista.
Para mí, esta es una de las bases del Modelo TER con el que trabajo: mirar de frente el dolor infantil sin endurecernos, sostener la conducta sin justificarla, poner límites sin que se sienta como humillación y recordar constantemente que detrás de muchas conductas que siento como incómodas, hay un niño intentando decirme algo de la única forma que sabe en ese momento.
La conducta es el comienzo de la conversación, no el final de la comprensión.
Al final, acompañar a un niño no es ganar una batalla contra su conducta, sino ayudarle a descubrir que no necesita defenderse todo el tiempo, que puede equivocarse sin quedarse solo, que se puede enfadar sin perder el vínculo, que puede aprender otras formas sin tener que sentirse malo por haber usado las únicas que conocía…
Y ahí, en esa experiencia repetida aunque pequeñita, empieza muchas veces la reparación.


